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  Editorial / La revolución en el agua  
 
La República (Uruguay) 06-02-12
Este verano no fue más seco que otros. Sin embargo, se teme que por falta de agua se pierda un 30% de los cultivos de secano y hay problemas de pasturas forrajeras en Durazno, Rivera, Cerro Largo y alrededores, según un informe de Hugo Ocampo y Pedro Silva publicado en “El Observador”.
Esta situación nos debe obligar a pensar en uno de los problemas estratégicos más grandes que debe resolver el país: el aprovechamiento del agua.
Como marco, partimos de que durante muchos años el agro seguirá siendo principal fuente de riqueza del país. Algunos, en la izquierda incluso, ven esto con vergüenza porque de alguna manera siguen atados a esquemas del desarrollo de hace un siglo, centrados en las fábricas fondistas y la metalurgia pesada. Todas las economías desarrolladas tienen una gran base agrícola y el agro de hoy incorpora tecnología de punta con mayor intensidad que el promedio de la industria.
La pregunta pertinente, por lo tanto, es ¿de qué manera podemos aumentar la productividad del sector? Se nos ocurren dos líneas: una revolución en la pecuaria y una en el aprovechamiento del agua. En otros rubros, ya ha habido un desarrollo en los cultivos de soja, arroz, lechería y otros, que nos ubican entre los más avanzados del mundo. Además, hay experiencias de punta en explotaciones agroindustriales de gran valor agregado, como olivas o frutas, pero por ahora son perspectivas de futuro.
Primero, en la ganadería, pese a la sofisticación de la genética, seguimos criando la mayor parte de nuestro ganado a pradera abierta y aguadas naturales o tajamares pequeños. Una consecuencia es la despareja oferta de ganado, según las secas o los precios ocasionales hayan impulsado a vender hasta vientres. Eso lleva a periódicas faltas de oferta justo cuando los precios son más altos, como sucedió todo el año pasado. El ingeniero agrónomo Joaquín Secco, que investiga la organización de los negocios agrícolas, habla desde hace años de una revolución en la cría. Últimamente ha identificado en “El País Agropecuario” algunos estímulos negativos en las políticas económicas. Sean esas o no, ahí hay una gran oportunidad.
Segundo, en todos los negocios el grado de incertidumbre es el principal factor para atraer o desalentar la inversión. Si el equipo económico insiste en la estabilidad, no es por un espíritu maternal de arropar a los ricos, sino porque si no hay inversión no habrá mayor productividad ni generación de riqueza, ni posibilidad de redistribuirla. Si uno depende del tiempo, nada lo invita a invertir demasiado. Si hay un abastecimiento de agua razonablemente asegurado, la incertidumbre será muy marginal.
En Uruguay votamos incluir en la Constitución que “las aguas superficiales, así como las subterráneas, con excepción de las pluviales, integradas en el ciclo hidrológico, constituyen un recurso unitario, subordinado al interés general, que forma parte del dominio público estatal, como dominio público hidráulico.” Pero seguramente no era para sentarnos a mirar cómo escurren hacia el mar.
La abundancia de precipitaciones y de cursos de agua es uno de los privilegios del país, no la calidad general y profundidad de los suelos, como lo es en la pampa o Ucrania. Es una de nuestras ventajas competitivas frente al mundo. Usarla al máximo compatible con la preservación del ambiente es nuestra obligación con la alimentación del mundo.
En Artigas hay un proyecto de una cadena de pequeñas represas que podrían asegurar agua a buena parte del territorio, cuyos números cierran. Bella Unión ya tiene unos 600 kilómetros de tuberías de riego. En el departamento, apenas si hay un punto a más de 6 kilómetros de un curso de agua. ¿Es posible imaginar un futuro con la contradicción de que los cultivos de secano tengan regadío, los ganados forraje y aguadas aseguradas? Seguramente cubrir el territorio sería una inversión millonaria. Pero creemos que es nuestro desafío y nuestro destino.
 
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